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Los
programas de recolección y destrucción de armas pequeñas y
livianas se diseñaron para que dejen de circular en las
sociedades, alimentando la violencia armada, prolongando los
conflictos y potenciando el crimen. Estos programas incluyen la
destrucción de los stocks de armas sobrantes, sacarlas de
circulación para construir la paz y prevenir el crimen. Estas
iniciativas de desarme sirven para reducir el número de muertes,
accidentes y lesiones, reforzar la idea de la relación que existe
entre las armas y la violencia, reducir el número de armas
disponibles para los delincuentes, aumentar el precio de las armas
de fuego en el mercado negro y prevenir una proliferación más
extendida.
Una
amplia variedad de programas de recolección han sido
desarrollados en los últimos años en distintas regiones del
mundo con el propósito de recatar armas pequeñas y ligeras. Son
a menudo parte de un armazón más grande de prevención del
crimen. El objetivo ha sido acotar la disponibilidad de armas y así
reducir los altos niveles de violencia social y delitos. Estas
recolecciones han tenido mucho éxito, potenciado el conocimiento
del público sobre el problema de las armas pequeñas, promoviendo
la discusión pública y la participación ciudadana en la
aplicación de soluciones.
Una
vez que las armas son reunidas, es fundamental asegurarse que no
regresen a la sociedad y puedan caer en manos de delincuentes o
vulnerar la paz en sociedades que están surgiendo de conflictos
(en tiempos de paz frágil, la fácil disponibilidad de armas
ligeras ha afectado las negociaciones y contribuido a que continúen
las hostilidades). Además, como se ha visto en muchos países en
post-conflicto, si las armas no son sacadas de circulación
terminan generando una escalada de violencia criminal tirando por
tierra los esfuerzos par construir la paz social. De ahí el énfasis
puesto en destruir públicamente las armas para simbolizar el fin
del conflicto.
Usando
una mezcla de incentivos como dinero, materiales de construcción
o capacitación profesional y trabajando junto con sectores
empresarios y de la sociedad civil, los gobiernos deben recuperar
las armas en manos de la gente y darles un destino seguro,
preferentemente la destrucción.
Las
armas descartadas por las fuerzas de seguridad, secuestradas y
decomisadas, también deben ser almacenadas de manera muy segura
por los gobiernos. En algunos casos pueden reincorporarse a la
sociedad por culpa de robos o actos de corrupción. Incluso en
algunos lugares donde los depósitos son lo suficientemente
confiables, los gobiernos han decidido destruirlas para asegurar
la seguridad pública y la estabilidad política.
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